Cuando uno ingresa a un taller de cerámica, muchos de los requerimientos para “hacer cerámica” están resueltos y por un tiempo, la respuesta es satisfactoria. Pero en la medida que la obra que se va desarrollando es más propia, surge la necesidad de ir incorporando el esmalte como parte del lenguaje propio.

La obra ya no está completa hasta que el esmalte no forma parte de ese todo. Surge la necesidad de buscar una superficie que fluya sobre el cuerpo de la obra.  Entonces comienza la búsqueda … el conocimiento de los esmaltes.


Los caminos pueden ser variados para llegar a esos esmaltes: recetas de otro ceramistas, esmaltes “bonitos” que me interpreten y que alguien me venda o la investigación de las materias primas, sus comportamientos y la formulación de esmaltes.

Este último camino puede encontrarse tedioso y complejo, pero si se trabaja en equipo y rigurosamente, puede llevarnos a excelentes resultados. En este desafío nos encontramos hoy en el taller.

Junio de 2011.